Un turista malabarista

Por Ariana Carolina Contreras Matute
     El 31 de diciembre de 2010 dejó su vida en el sur del continente y no tiene fecha de regreso. Nunca soñó con hacer arte y ahora los malabares son lo que le permiten cumplir su deseo de seguir viajando

Por Ariana Carolina Contreras Matute
    

Caracas, 8 de diciembre de 2011.-  Es un día soleado en Maracay. La tarde está comenzando. El famoso obelisco, ubicado en la urbanización San Jacinto, está rodeado de las habituales colas de automóviles que hacen enojar a muchos. El semáforo que está al lado del parque de diversiones cambia. Un muchacho se para frente a los carros y empieza a hacer malabares. El chico tiene una camisa sin mangas, desteñida y negra, un pantalón gris arremangado por debajo de las rodillas y un gorrito. Las mazas son lanzadas. Suben y bajan, van de un lado a otro y a veces caen al suelo. El muchacho termina la ronda, se dirige a las ventanas de los carros y la gente le da dinero. Luego se va a tomar un descanso. Lleva tres días en ese puesto. Él es Juan Manuel Charadía.
Juan es un argentino que el 31 de diciembre de 2010 emprendió un viaje “con algo de plata en el bolsillo” que duraría un mes y medio, pero que ya lleva casi un año. Está recorriendo Latinoamérica. Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia y ahora Venezuela son las naciones que ha visitado y dice que en el poco tiempo que ha estado en el país, le ha parecido “chévere, muy bonito”. Ya ha acogido algunas palabras venezolanas. Juan no sólo ha visitado Maracay, también estuvo en Barquisimeto durante un mes visitando a un paisano.
En el segundo semestre de 2011, el Instituto Nacional de Estadística (I.N.E.) reportó que alrededor de 29.400 turistas extranjeros visitaron Venezuela, proviniendo, en su mayoría, de países suramericanos.
Charadía asegura que en Venezuela le ha ido muy bien porque a la gente le gusta el arte y colaborar. Dice que es más fácil vivir aquí que en Colombia, indica que la vida allá es más cara: “Se trabaja y se tiene lo justo. No me muero de hambre y tengo para dormir, pero hasta ahí”.
Juan Manuel aprendió a hacer malabares solo. “Me fui comprando las cosas y fui practicando. En un momento del viaje dije ‘Me voy a parar en un semáforo a ver si puedo continuar viajando y sustentarme con esto’ y bueno, ahora puedo seguir tranquilo”. A veces también se presenta en diversos eventos para conseguir más ganancias. Por ahora, está viviendo en un hotel cerca del terminal de pasajeros con tres amigos que lo acompañan desde que salió de Argentina. “En un principio éramos ocho, pero cada uno ha ido por su lado y ahora somos cuatro”. Dos de ellos también son malabaristas y el otro toca el saxofón. Todos trabajan en los semáforos.
Él deja su bolso a un lado de la acera cuando va a empezar sus malabares, dice que no le preocupa demasiado que se lo vayan a agarrar porque no le pueden robar tanto y que de todas formas no lo molestan mucho porque trabaja en la calle. “No soy un buen punto para robar -señala de manera graciosa- me cuido más de la policía que de los malechores”.
Últimamente, el clima es bien impredecible, a veces el sol es tan fuerte que quema y a veces los aguaceros perecen un diluvio. La piel de Juan está bronceada, su nariz y pómulos están rodeados de una línea escamosa que encierra a un color más claro que el resto del rostro…el sol ha hecho sus efectos. Cuando cae la lluvia, se refugia o se va sin haber conseguido dinero. Generalmente, descansa sólo cuando el semáforo está en verde, aunque en ocasiones se toma unos minutos, pero prefiere trabajar porque si no se aburre. Sus jornadas son de tres horas aproximadamente. El artista se turna las avenidas y semáforos de la ciudad con otros malabaristas. Entre ellos se dan información de dónde pueden colocarse.
. Los pies de Juan sufren las consecuencias de trabajar parado en la calle. Sus zapatos están sucios y al levantar la punta de los dedos se ven rotos. Él comenta que cuando llega la noche está muy cansado. “Parezco un abuelo, me pego un baño y me duermo porque no puedo más”. Él nunca había trabajado así en la calle, es una experiencia que vive por primera vez al aventurarse por el continente. En Buenos Aires, estudió en el Instituto Educacional Fátima y luego, antes de partir, estaba estudiando gastronomía, pero aún no ha terminado… y no sabe si lo hará cuando regrese.
Juan nunca quiso ser artista, ni de niño ni de adolescente le llamó la atención ese campo, más bien sentía afición por los deportes. Jugó rugby y fútbol. Pero la sangre en algún momento se hace notar, sus padres y su hermana son artistas. La música y la pintura forman parte de la familia Charadía. Juan dice que lo extrañan y que habla con ellos todas las semanas, pero no todos los días, porque se haría aburrido. En Buenos Aires, vivía con sus parientes. Su vida ha cambiado drásticamente.
Las cornetas suenan, el roce de los cauchos y la brisa que generan los automóviles hacen el ruido característico de la ciudad, el lugar de trabajo diario del malabarista. Maracay tiene 1.300.000 habitantes, los artistas callejeros tienen una buena cantidad de espectadores.
A Juan Manuel le parece buena idea llevar a las escuelas el tipo de entretenimiento del que él se encarga, distraer a los niños un rato, pero no tiene los contactos para ir, dice que si los tuviera lo haría.
El argentino no tiene muy definido qué quiere hacer cuando llegue a su país. Ni siquiera sabe cuándo lo hará… o si lo hará. Es un viajero bohemio que se ha encargado de conocer nuevas culturas de una forma poco convencional: con malabares. Muchos creerían que no es suficiente vivir de eso, pero Juan es sólo uno de los millones de trabajadores informales que se ganan la vida en el país. Esas millones de personas conforman el 43,5% de la población económicamente activa en Venezuela, según el I.N.E. Aunque el malabarista no es venezolano, su historia en el país es similar a la de muchos criollos, con la diferencia de que los nuestros no lo hacen por mantenerse viajando, sino para mantenerse viviendo.
En 2007, El Instituto de las Artes Escénicas y Musicales (IAEM) indicó que existían en Venezuela, para ese entonces, 40 agrupaciones circenses distribuidas en 19 estados, las cuales sumaban un total de 2.000 artistas. Actualmente, esa población ha crecido. Desde hace unos años, el IAEM está trabajando en la creación de la Escuela Nacional de Arte Circense (ENAC) que formará a profesionales durante un período de tres años.
Juan Manuel Charadía ya va a terminar su descanso, está esperando a que el semáforo cambie a rojo para seguir haciendo sus malabares durante una o media hora más.

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