95 años cargados de sueños cumplidos

Agustín Peinate nos cuenta sobre su humilde vida rural

95 años cargados de sueños cumplidos

Por: Jesús Prieto

Entre la sencillez, humildad, respeto y nobleza, Agustín Peinate es un hombre catalogado por los habitantes de Carayaca como un ícono histórico y emblemático, consideró trabajar desde muy temprana edad para llevar el sustento económico a su casa y  esto lo impulso a ser quien es actualmente a sus 95 años de edad

Son las once de la mañana de un día domingo de esos lluviosos del pueblo de Carayaca, se escuchan las gotas de agua sobre el techo de zinc. El señor Agustín está sentado en una viaja silla en el fondo de su casa, a su lado una pila de periódicos, cinco gatos que nos rodean, uno de ellos se sube al equipo de sonido. Al entrar me quedó mirando fijamente y me dijo: “¡Carámba capitán de navío! Pase adelante y siéntese”. Me dio un fuerte apretón de manos y comenzó hablar sobre la historia política de Venezuela.

Agustín lleva sus 95 años viviendo en Carayaca, pueblo montañoso que conforma las 10 parroquias del estado Vargas. Desde pequeño se formó bajo las enseñanzas de su madre, por quien conserva un gran valor, pues fue quien inculcó en él la importancia del trabajo para subsistir. “Cuando mi madre iba a recolectar café, me daba un perolito y me decía que agarrara los maduros”. Al recordar esto, sube la mirada, se pasa las manos por la cara y me dice: “mi vida fue muy miserable. Como se lo difícil que es la miseria, conservo el humanismo y doy a otros lo que puedo.”

Nació en Carayaca el 5 de mayo de 1916, mientras baja a uno de los gatos de la mesa,  me dice que el pueblo para aquella época era una montaña cubierta por todas partes y muy rara vez podían ver el sol, era un clima lluvioso los 12 meses del año. Agustín recuerda una Carayaca rural, donde no existían calles sino caminos y trochas que hacían para que pasaran las bestias. Considera  que las condiciones en la que vivía eran infrahumanas. “Yo conocí a personas que se vestían de pieles de animales, el cuero de un chivo, de un venado, lo agarraban y se lo ponían, mucha gente dormía bajo una roca, con unas hojas de cambures.”

Para los años 1933 y 1934, Agustín trabajó como cafetero en la hacienda El Limón en Carayaca, bajo las riendas de Alfredo Jahn, el tercer terrateniente en la Venezuela gomecista. “El primer par de zapatos que yo compre me lo gane en tanques de café, porque no tenía la manera de comprarlos. A veces ni las alpargatas las podía comprar, antes andaba por las calles con el pie en el suelo.”Le llama mucho la atención el grabado, lo toca y desliza sobre la mesa. “Mire joven, yo me puse zapatos a los 20 años ¡por primera vez! Era tan crítica la situación que utilizaba un par de alpargatas, una vez al año, en ocasiones especiales”.

Dedicó su juventud plenamente a trabajar, a mantenerse en un oficio para llevar comida a su casa. Arriaba bestias desde Naiguatá hasta Macuto trasportando alimentos. Me mira fijamente a los ojos y dice con una voz un poco firme: “Yo conozco la vida rural del país, todo lo que haya que hacer yo lo sé”

“He pasado mucho trabajo en mi vida”, se remanga su chaqueta y coloca la mano izquierda encima de la mesa y me dice: “Toque aquí mijo-señalando el costado de la mano- aquí conservo una espina de una mata de cují”, desde el año 1936, cuando estaba cortando matas para hacer espacio para la construcción de la carretera de Carayaca, con un machete le dio a un árbol de cuji, se le enterró la espina y no se la pudieron sacar.

Junta sus manos un poco temblorosas y con la mirada perdida confiesa que ha tenido ocho accidentes en su vida. Se estremece en la silla mientras recuerda uno de ellos, el 5 de julio de 1959, cuando bajaba por la carretera de Carayaca y se volcó el automóvil donde viajaba. No lo pudieron atender en el hospital Periférico de Pariata y lo trasladaron a Caracas. “estaba tan grave que no veía ni oía, ¡yo estaba muerto!” Este señor de 95 años pudo sobrevivir a todos los accidentes y dijo con gran optimismo: “vida que Dios da no la quita nadie” y “todo mal tiene su cura” seguido por una fuerte sonrisa.

Señor Agustín, ¿cuénteme por qué usted casi no sale de Carayaca? ¿Tiene algo que ver los accidentes que ha tenido?  Se sorprende, baja la mirada, se mira las manos y responde: “ No, no salgo del pueblo porque creo que es un asunto de amor, he tenido oportunidades de irme a otros sitios como a San Juaquin ,pero yo no podía salir de aquí, de paso que ya estaba casado”.

La última vez que Agustín salió de Carayaca fue hace dos años, viajó junto a su hija a Caripe estado Monagas, para asistir a un matrimonio, pero con todos los sitios bonitos que tiene Venezuela se queda con su pueblo Carayaca.

Con todo el sentimiento que tiene por Carayaca, puede decir que conserva una gran tristeza y dolor por lo que ha visto que han  hecho con el pueblo.  “Para los años 30 fue el primer valuarte en producción agrícola del país y hoy siento que una familia ya de tercera generación ignoran lo que yo viví e hice por esto.” Dice mostrando un tono de paciencia y a la vez de indignación. Agustín ha impulsado obras que para Carayaca  son un progreso como: escuelas, teléfonos. Se acomoda en la silla, enrolla un periódico y dice: Fue como arar en el mar y construir en el espacio”.

Con la seriedad que puede demostrar un caballero, me dice: “Yo me casé a los 31 años y de 31 años para acá, está hecho lo que está hecho” se casó  el 27 de diciembre de 1947 con la señora Carmen, mujer que considera su primer y único amor. ¿Cómo usted conoció a la señora Carmen? La conocí toda mi vida- dijo con una gran sonrisa – ella vivía en una planta donde yo llevaba bestias, de repente el amor llegó a pesar de que yo tenía algunas noviecitas por allí” bajó la mirada.

El y la señora Carmen son padres de tres hijos: Agustín, Carmen Beatriz y Carmen Helena y expresa con orgullo que en el pueblo de Carayaca no hay un hogar tan sólido como el de ellos.

El trabajo que más lo marcó e inspiró, es el que hoy todavía ejerce: la panadería. Comenzó a trabajar en panaderías de pueblo desde los 13 años, cuando trabajaba para ganarse el pan y los dulces que sobraban y llevarlos a su casa. Hoy en día todavía se siente con ánimo a seguir preparando los panes y dulces, suele decirle a su hijo Agustín (quien trabaja con él en su panadería ubicada en el sótano de su casa) que tiene más ánimo que él. “Señala hacia abajo y dice: “Le debo a ésta panadería mi casa y el progreso económico de toda mi familia”.

Durante nuestra conversación, habló mucho sobre la historia del país. Agustín es un hombre, que a pesar de llevar una vida rural en un pueblo, es un hombre sumamente culto, quien demuestra que se mantiene informado. Mientras buscaba en la pila de periódicos, dijo que le gustaba leer El Universal y El Nacional, ya que son periódicos muy divulgativos, ilustrativos y no son periódicos conservadores. “Me gusta estar informado con varios periódicos para hacer un análisis”. Siempre mostró interés por la prensa e inculcó en su nieta hábitos de lecturas.

Levanta uno de sus pies, me muestra su zapato y lo suena, para que note que están forrados con cartón, al momento que me dice: “A mí no me gusta figurar porque me he formado de esa manera, creo que por gritar más no logramos nada, todos somos iguales. Tener el mejor traje es un negocio que tienen las empresa”.

En sus 95 años de vida, considera que lo mas especial e importante que tiene es ver a su familia toda encaminada hacia un mejor vivir y siente mucho orgullo porque toda su familia está a su alrededor, tres hijos y cuatro nietos. Señala a su hija quien está en la cocina y me dice: “todos ellos son mi sangre compartida con la de mi mujer, aquí nacieron todos, aquí se formaron. El que esta más lejos está más cerca porque yo la tengo siempre en la mente. Eso ha sido para mí una gran satisfacción, es un orgullo.

¿A quién agradece sus 95 años de vida? “A mi forma de ser, de vivir, de compartir, de saber pensar que la vida es el único elemento que existe para uno reconfortarse, no existe más nada y eso es lo que yo deseo tener y seguir viviendo”.

Agustín Peinate dice que su mayor sueño se cumplió, al haber realizado la vida por voluntad. “aventura que yo siempre he tenido en mi vida es el querer ser”. Asimismo con una gran emoción reflejada en su rostro agregó: “Cuando tú no tienes nada y empiezas a tener un esfuerzo, tu solo por intuición, dices yo no tengo zapatos pero voy a reunir. Tú te acostumbras hacer esfuerzos en la vida para tener algo”.


Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s