“Nunca pensé en ponerme a estudiar”

ENTREVISTA| Juan Alberto Muñiz, artesano de origen argentino

Juan Alberto Muñiz

 

A los 8 años se fue de su casa en La Patagonia, desde su adolescencia inició un recorrido por Latinoamérica y hace dos meses llegó a Venezuela. Se creó un patrón de vida distinto, jamás pensó en en ser doctor ni ingeniero, sabía que su destino estaba recorriendo el mundo mostrando su arte y viviendo día a día.

 

        La calzada empedrada del boulevard de Sabana Grande abre espacio a la Calle San Antonio, mejor conocida como “el callejón de las puñaladas”. Las paredes revestidas de dibujos coloridos enmarcan el tipo de vida que “habita” en ese lugar, donde la artesanía no tiene fronteras y la venta de droga no tiene distinción de clases. A cada lado se aglutinan, con sus respectivos muestrarios, figuras de diversa procedencia unidas por el mismo estilo bohemio. Uno de ellos es un argentino llamado Juan Alberto Muñiz.

            Un pan canilla es rellenado por sus manos morenas, tres lonjas de mortadela son introducidas groseramente a la pieza de pan. El producto final es cortado a la mitad y unos dientes amarillentos arrancan el primer bocado. Una pelota de masa se une con la saliva mientras el joven conversa amenamente con su vecino. Dos personas entran al callejón y Juan, con un nuevo bocado de pan a medio digerir y un marcado acento argentino,  intenta llamarles la atención sin éxito.

            Accedió a responder unas preguntas a cambio de una colaboración: la compra de unos zarcillos, 30 bolívares fue el costo. “Siempre supe que me iría de mi casa”, afirma como si nada el joven argentino. Le pasa un pedazo de pan a Yunco, su compañera de vieja y un paquete con polvo blanco es intercambiado por dinero detrás de ellos. Una brisa trae consigo un olor a rancio, a viejo. De su infancia en La Patagonia recuerda nostálgicamente el pescar y los juegos con sus hermanos, su familia es numerosa y en su niñez la situación económica en casa no era favorable. “Somos 12 hermanos nosotros, una familia grande. No alcanzaban los abrazos, los besos y demás. Me fui a los 8 años a vagar por mi pueblo”. A los 12 años regresó a su casa y dos años después aprendió artesanía de una amiga de su padre. En argentina dice que dejó a las personas que lo aman, sus hermanos principalmente y luego a sus padres, “no porque ahora sea más grande los dejo de querer”, enfatiza. El cariño que le faltó en su hogar, que lo impulsó a abandonarlo, lo encontró en el mismo lugar algún tiempo después.

Con miradas nerviosas evade preguntas de su infancia, ríe y se pone a hablar con alguien más. Su mirada se mantuvo fijada al suelo por largo rato en silencio. Con sus manos acomoda la gorra que le cubre un cabello enmarañado, a lo lejos alguien grita “viene el agua”. Una mujer de mediana edad le compra un par de pulseras y Juan le besa la mano. Agradece la compra y asoma una sonrisa llena de picardía. “¿No andás buscando un novio argentino?”.

            Consigo trajo sus malabares y artesanía. Cuando llegó a Venezuela se encontró dinero en una plaza de Maracaibo: “El primer día me fue rebien, me encontré 70 bolos en una plaza, el lugar me estaba recibiendo o eso calculo yo por la lectura que hago”, comenta alegremente como una anécdota de bienvenida al país. Otra anécdota es un viaje de Maracaibo a Mérida que hizo con un chileno residenciado en Venezuela desde hace 20 años. A sus cortos 24 años ha visitado Paraguay, Brasil, Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia y Venezuela.

            Después de haber visitado una gran parte de Suramérica, Juan considera que ayuda al crecimiento personal: “No se si hay uno mejor, cada país tiene su historia, su cultura, su atractivo ¿me entendés?; me gustan todos los países por su forma de ser, porque aprendés a vivir de una forma que en tu país no se vive normalmente”.

            “Venezuela esta como más estable, no se siente tanto la pobreza sino que la gente puede tener la libertad de que le guste una artesanía que vos hacés y comprarselá. En Colombia la gente anda con su dinero muy justo, no es como aquí que alguien te puede ver y dice ‘puta, hoy tengo ganas de hacer una obra de caridá’, el no va a usar la pulsera que te va a comprar pero te va a dejar su plata ¿me entendés?”, explicó sobre la diferencias que se ha conseguido a lo largo de su viaje.

            Dentro de sus patrones de vida las aspiraciones y metas no son dirigidas hacia un futuro lejano, sino que van enfocadas al día a día, en sí pudo vender algún artículo de su producción para adquirir alimentos o conseguir un lugar en donde pasar la noche. Por la cabeza de Juan nunca estuvo presente la idea de formarse como profesional en alguna área académica. “Yo sabia de pequeño dos cosas, que me iba a ir desde pequeño y que me iba a poner a viajar. Nunca pensé en ponerme a estudiar, solo en oficios que te ayuden a salir de la marcha. Que puedas tocar la puerta y decir: ¿señora será que vos necesitás que le haga algo? Y que colaboren con un plato de comida o plata para continuar mi viaje”, confesó mientras recogía sus lonas con artesanía.

            Juan, a quién conocen como “el argentino en el callejón, mantiene que la artesanía significa libertad; esta separada de los sistemas económicos e ideológicos porque se vive con lo poco que se puede vender. Reflexiona sobre la espiritualidad diciendo que el tener mucho dinero te roba un poco del alma, cuando se pasa trabajo aprecias más las cosas y vives en paz con el Dios en el que creas.

            Como tiene una filosofía de vida minimalista, considera que por ser artesano se le facilita viajar constantemente sin necesidad de tener una cuenta bancaria: “Si tenés mucho puede ser que se te haga bien, pero hay gente que vive como yo vivo con esto, como todos los días y si tengo que pagar un lugar por ahí, lo pago”. Asimismo, Juan agrega que no todos los días son buenos y no todos los días le traen lo suficiente para comer por eso a veces viaja en el metro para vender o hace trueques con negocios a cambio de alimento.

            En argentina visitó muchos templos de varias religiones. Para él, tener algo en que creer le da la fuerza para continuar cuando siente que ya no puede; la tolerancia y respeto son sus banderas en cada país que visita porque es una oportunidad nueva para aprender y conocer otros dioses. Juan comulga con su Dios a través de placeres como un porro de marihuana. “Cuando fumás marihuana sentís que volás altísimo, estás más cerca del cielo y te sentís al lado de tu Dios”, revela mientras prepara la pipa.

            A eso de las 5:00pm, Juan y Yunco recogen su arte y el poco pan que les quedó. Para tomarle una foto, el precio fue la compra de otros zarcillos. Juan se monta su mochila al hombro y dice que con ese dinero no dormirá hoy en la calle. Sale brincando y corriendo por el callejón mientras grita: “hasta mañana putas”.

Andrea Ramírez

C.I. 20.155.604

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