Educar: el mayor de los tesoros

Gloria Amaya, docente de educación media, diversificada y universitaria,             comparte su vida entre su familia, el control del cáncer de seno que padece                hace cinco años y la labor que considera su fuente de luz: la enseñanza.

Al cielorraso del salón de clases le falta una de las planchas de relleno, y el orificio que queda en su lugar deja ver parte del cableado improvisado. Los alumnos de séptimo grado están sentados en sus puestos, mientras afuera llueve con fuerza. Adentro, la Profesora Gloria Amaya da inicio a la clase de Educación Artística.

El salón de séptimo grado se mantiene en silencio durante la media hora de clases. La presencia, de contextura gruesa, un poco más de un metro setenta y la voz fuerte, se hacen sentir: los jóvenes obedecen con respeto, y en algunos casos con algo de miedo. Para la profesora, el respeto es fundamental, y parte de su experiencia de vida. “Realmente es la formación que yo recibí, y parte también de mi personalidad”.

Aún así, hay otra cara en la vida de Amaya, que sus alumnos y compañeros de trabajo conocen, pero no comentan demasiado: la profesora es una de las 3380 mujeres que fueron diagnosticadas con cáncer de seno en el año 2006.

Dice que se enteró casi por accidente, pues la enfermera le entregó los exámenes con el diagnóstico antes de hablar con su médico. “Es fuerte recibir una noticia de esa manera, pero cuando se ha crecido espiritualmente, cuando se tiene un gran crecimiento emocional, y un gran crecimiento intelectual se superan todos los obstáculos que la vida te pueda dar.”

Tiene casi 60 años, pero no ha tenido hijos. Pudo detectar las células cancerosas a tiempo para tratarlas, pero lo mismo no ocurrió con las 1425 mujeres que en 2005 fallecieron, pues no supieron a tiempo que factores como la edad, la falta de embarazos, el uso prolongado de hormonas o historiales familiares de cáncer, son sólo algunos de los factores de riesgo para contraer cáncer de seno.

Educar

La rutina de Amaya no parece muy afectada por su enfermedad. Todos los días sale a las cinco de la mañana de Catia La Mar, para llegar a las siete a la UNEFA, en Chuao, o al Instituto Pedagógico Monseñor Rafael Arias, dependiendo del día de la semana. A mediodía vuelve al estado Vargas, donde da clases en el Colegio Virgen del Valle. Al salir, asiste a la Aldea de la Misión Sucre, o a la Universidad Marítima del Caribe, donde también enseña, y sale cerca de las 8 de la noche. “Como verás, es todo un entretenimiento”, afirma con una sonrisa.

Al inicio de la clase, pregunta: “¿Cuál es el menú de hoy?”, a una de sus alumnas, refiriéndose a la pauta de evaluaciones. La muchacha niega con la cabeza, intimidada. ¿Ninguno?, pregunta Amaya, antes de agregar que “el chismoso” —como apoda a su libreta de control de notas— no le dice lo mismo.

Alumno por alumno, los nombra, a fin de que entreguen las evaluaciones atrasadas. Nombra a Krisbel, una niña de entre 12 y 13 años, que con la mirada baja niega con la cabeza, en señal de que no entregará la asignación. “¿Sabe que perdió la nota, verdad? Porque el viernes me dijo que no la hizo.” La muchacha asiente sin decir una palabra. La profesora anota la falta en “el chismoso”.

De las frustraciones de la educación, dice que no ha tenido ninguna. “Momentos de desaliento, de tristeza, de rabia, sí, algunas veces, pero por cosas que pasan, que yo las tomo como experiencias de vida. Decir que hay una insatisfacción o una frustración, no la hay, en ningún momento ha existido.”

A su vez, afirma que su trabajo está lleno de satisfacciones: “saber que estoy construyendo poco a poco, en cada uno de ellos, esa gran montaña que se llama revolución, o mejor dicho: Venezuela en evolución con una revolución. Me da una gran alegría el hecho de saber de mis exalumnos  que están graduados, otros ya tienen su profesión, otros que están en vías.”

Para Gloria Amaya, sus alumnos “son como esa piedra, esa materia que llega virgen,  bruta al escultor, y que él va haciendo de ella  su obra de arte.”

Familia y Apoyo

Por otro lado, los fines de semana, los dedica a su familia. “Con mi esposo, mi hija (que es la hija de él), mi nieta (la niña de ella), o a veces cuando tengo que realizar actividades de la universidad o del Colegio Virgen del Valle las hago”, aunque advierte que evita mezclar su vida profesional con la personal, para mantener el equilibrio.

Su familia ha sido su principal apoyo durante los casi seis años que ha vivido con el cáncer de mama, una enfermedad que, en Venezuela, es la segunda causa de muerte en mujeres, sólo después de las enfermedades cardíacas. Para Amaya, no hay muchos cambios: “Sigo siendo la misma. Hace poco me dijeron: usted es un roble. Y esa es la idea, pero para bien.”

A mitad de la clase, entra una de las empleadas del plantel, preguntando por los alumnos que viven en el sector Marapa Piache. Sólo una niña levanta la mano, dice que vive en un sector cercano a ese. La lluvia desbordó el río, y el área donde vive la niña ha quedado incomunicada. La profesora le da permiso para retirarse con humor: “baja y busca la manera de que te vengan a rescatar. Sea en helicóptero, barco, chalana, lanchita…”

Sobre su país, habla con mucho orgullo: “Veo a Venezuela como un país que está evolucionando, le falta mucho, sí, y de nosotros y ustedes (los jóvenes) va a depender que dejemos de ser un país subdesarrollado para pasar a ser un país totalmente desarrollado.”

A la interrogante de qué le hace falta a Venezuela para lograr el desarrollo, responde que el venezolano necesita identificarse con su país, y para ello encuentra necesario ahondar en el patriotismo. La profesora Amaya comparte los ideales del gobierno actual, y expresa su fe en un nuevo proyecto de país, especialmente en la educación: “ya no queremos a un alumno repetitivo, al alumno que se le marcaban las conductas, se le marcaba qué tenía que hacer, sino que es el ser humano, el alumno que queremos que sea pensante, reflexivo, crítico, pero para construir.”

La familia, la educación y la fe son tres fundamentos, que la han ayudado a seguir adelante en los momentos más duros. “yo le di gracias a Dios porque me dio una nueva oportunidad de vida. Yo dije que ese día (el del diagnóstico) volví a nacer. De hecho, han transcurrido ya varios años, y la he ido superando, me he sometido a ciertos tratamientos, estoy en control. Yo no puedo de asistir. Pero cada día que amanece para mí es un día, es un nuevo nacer, es un agradecerle a Dios. El hecho de saberme paciente de cáncer me da más ímpetus, me da más fuerzas para seguir adelante, para seguir creyendo en la vida, y para seguir con los deseos de seguir dando clases y seguir con mi profesión, porque la educación para mí es el mayor de los tesoros, y eso me alimenta, me da salud, me da luz.”

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