Entrevista de personalidad anónima

Gloria Restrepo lleva siete años residenciada en Venezuela
Entre el Pabellón Criollo y la Bandeja Paisa
La colombiana administra un pequeño restaurante llamado Bohío Antioqueño, ubicado en la Candelaria, así como también, un local para el envío y recepción de paquetes entre Medellín y Caracas

 

Milangela Balza

¿Sabe dónde queda Bohío Antioqueño? Se queda pensado. Es un lugar atendido por colombianos. “Ah, ¡claro!, es éste de la derecha, pero ahorita está cerrado”. Turbación. “¿A quién buscaba?” A Gloria Restrepo. “Ah, bueno, a ella la puede encontrar en el local de al lado”. Tranquilidad.
El pueblito Paisa, el Tren Metropolitano, la Plaza Botero, el Museo de Antioquia, son algunos de los lugares plasmados en aquellas fotografías a la entrada del lugar. “Me espera un momentito, ¿sí?”, dice mientras termina de atender a una pareja. “¿Y en cuánto tiempo llegará el paquete?, pregunta el señor que allí se encontraba. “En dos semanas máximo”, asegura Gloria. Como carretera de Choroní, hacerse a un lado era la única opción para permitir la salida de los sujetos.
Fuera de las fronteras venezolanas —sin embargo, no tan lejos— en el Valle de Aburrá, se encuentra Medellín, que, según Gloria Restrepo, no se parece al Valle de Caracas: “Acá hay demasiada contaminación; allá la ciudad es más limpia”. En aquella “capital de la montaña”, transcurrió la niñez y adolescencia de Gloria, junto a sus cuatro hermanos.
No había terminado de cumplir su rol de hija, cuando se convirtió en madre a los 15 años de edad. “Mi adolescencia fue un tanto traumática por eso”, pero asegura que Johana, su hija, ha sido la persona más importante e influyente de su vida.

¡A pasar la frontera!
Desde temprana edad comenzó a administrar el negocio de su papá: encomiendas desde Medellín a Caracas, y viceversa. Hace siete años, su papá le ofreció trabajar en la sede venezolana, proposición que aceptó sin pensarla dos veces por el desempleo que existe en Colombia. A pesar de que la capital del departamento de Antioquia es destacada como uno de los principales centros financieros, industriales, comerciales y de servicios, Gloria afirma que lo que más le gusta de Venezuela es que puede trabajar, y una sonrisa se asoma en su rostro. Desde entonces, su zona de acción ha sido esa: La Candelaria.
Sin embargo, no ha cortado por completo el cordón umbilical que la ata a su ciudad natal: cada tres meses viaja para Medellín; en Venezuela, tiene a dos hermanos y un sobrino; por un lado, las fotografías en el local, y por otro, un sombrero y un ponche en su casa, la trasladan permanentemente a su terruño; conserva la melodía y el “acá” característico del hablar colombiano; además, administra el Bohío Antioqueño, donde las famosas y tradicionales papas rellenas, así como también, los buñuelos de yuca, hacen que se sienta como en casa. El hecho de que el negocio lleve el nombre del departamento al que pertenece Medellín también ayuda bastante.
La idea de crear el negocio surgió al ver que en Venezuela hay muchos “compatriotas” residenciados, entonces, para ofrecer un rinconcito de su tierra, con algunas características típicas del lugar. De hecho, Gloria Restrepo es una de los 230 colombianos que ingresan diariamente al país y, gracias a los dos negocios que administra en La Candelaria, pertenece a los 3.140.000 venezolanos económicamente activos.

Entre gustos y colores…
El Bohío Antioqueño es un negocio de la familia. Tiene pensado abrir su propio local con la misma tendencia: comida típica colombiana. Lo más probable es que incluya la Bandeja Paisa, el plato preferido de su terruño, que incluye el fríjol cultivado en Antioquia, arroz, chicharrón, carne en polvo —carne de res molida hasta un grado en que prácticamente está pulverizada—, morcilla, huevo frito, tajada de plátano maduro, arepa, ensalada y aguacate. Confesó que el Pabellón Criollo no satisface su paladar.
Sin miedo a llegar alto, cuando era niña soñaba con ser aeromoza —“¿Cómo es que le dicen acá a las azafatas?”—; en un futuro quiere estudiar investigación judicial.
Sus sueños no se enmarcan solamente en el área profesional; al contrario, rompen el marco y atraviesan una ventana que la traslada a hermosos paisajes y lugares recónditos que le encantaría conocer. De su tierra, añora adentrarse en la Selva Amazónica. De su segunda casa —la del otro lado de la frontera—, le han hablado maravillas de sus costas, principalmente, quiere ver su reflejo en las aguas de Los Roques, así como también, caminar por el Paseo Colón después de un largo día de playa.
Hasta ahora sólo conoce Caracas. Una ciudad que siempre está en actividad y con permanente movilización de personas, representadas en los autómatas del Metro, en el estacionamiento de vehículos dentro de los 822,9 km², y en las noches caraqueñas que inician los jueves con lady´s nigth. Sin embargo, el mayor miedo de Gloria es la soledad.
Quizás su miedo aumentó una vez que muere su madre, hace tres años, momento que aún no ha logrado superar, dolor que aún conserva hasta estos días.

La colombo-venezolana
Gloria Restrepo nació el 23 de octubre de 1969. A sus 42 años, aún disfruta ir al cine y a la piscina con sus amigas. Como ella se refirió a su matrimonio, es “felizmente casada” y tiene tres hijos, a quienes ve en su trimestral visita hacia Medellín.
Las únicas razones por la que regresaría a su ciudad natal serían la posibilidad de tener casa propia y montar su propio negocio. A pesar de que por ahora vive alquilada en un apartamento en La Candelaria y administra los negocios de su familia, en Venezuela ve su porvenir. Sostiene que extrañaría Caracas si tuviera que cambiar de residencia.
Por ahora seguirá, como lo ha hecho estos siete años, entre la contaminación del valle de Caracas, y la limpieza del Valle Aburrá; entre el Metro subterráneo de la Capital, y el Tren Metropolitano superficial de Medellín; entre las arepas venezolanas, y los buñuelo de yuca y papas rellenas colombianas; entre un plato de Pabellón Criollo y una Bandeja Paisa.

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