95 años cargados de sueños cumplidos

Agustín Peinate nos cuenta sobre su humilde vida rural

95 años cargados de sueños cumplidos

Por: Jesús Prieto

Entre la sencillez, humildad, respeto y nobleza, Agustín Peinate es un hombre catalogado por los habitantes de Carayaca como un ícono histórico y emblemático, consideró trabajar desde muy temprana edad para llevar el sustento económico a su casa y  esto lo impulso a ser quien es actualmente a sus 95 años de edad

Son las once de la mañana de un día domingo de esos lluviosos del pueblo de Carayaca, se escuchan las gotas de agua sobre el techo de zinc. El señor Agustín está sentado en una viaja silla en el fondo de su casa, a su lado una pila de periódicos, cinco gatos que nos rodean, uno de ellos se sube al equipo de sonido. Al entrar me quedó mirando fijamente y me dijo: “¡Carámba capitán de navío! Pase adelante y siéntese”. Me dio un fuerte apretón de manos y comenzó hablar sobre la historia política de Venezuela.

Agustín lleva sus 95 años viviendo en Carayaca, pueblo montañoso que conforma las 10 parroquias del estado Vargas. Desde pequeño se formó bajo las enseñanzas de su madre, por quien conserva un gran valor, pues fue quien inculcó en él la importancia del trabajo para subsistir. “Cuando mi madre iba a recolectar café, me daba un perolito y me decía que agarrara los maduros”. Al recordar esto, sube la mirada, se pasa las manos por la cara y me dice: “mi vida fue muy miserable. Como se lo difícil que es la miseria, conservo el humanismo y doy a otros lo que puedo.”

Nació en Carayaca el 5 de mayo de 1916, mientras baja a uno de los gatos de la mesa,  me dice que el pueblo para aquella época era una montaña cubierta por todas partes y muy rara vez podían ver el sol, era un clima lluvioso los 12 meses del año. Agustín recuerda una Carayaca rural, donde no existían calles sino caminos y trochas que hacían para que pasaran las bestias. Considera  que las condiciones en la que vivía eran infrahumanas. “Yo conocí a personas que se vestían de pieles de animales, el cuero de un chivo, de un venado, lo agarraban y se lo ponían, mucha gente dormía bajo una roca, con unas hojas de cambures.”

Para los años 1933 y 1934, Agustín trabajó como cafetero en la hacienda El Limón en Carayaca, bajo las riendas de Alfredo Jahn, el tercer terrateniente en la Venezuela gomecista. “El primer par de zapatos que yo compre me lo gane en tanques de café, porque no tenía la manera de comprarlos. A veces ni las alpargatas las podía comprar, antes andaba por las calles con el pie en el suelo.”Le llama mucho la atención el grabado, lo toca y desliza sobre la mesa. “Mire joven, yo me puse zapatos a los 20 años ¡por primera vez! Era tan crítica la situación que utilizaba un par de alpargatas, una vez al año, en ocasiones especiales”.

Dedicó su juventud plenamente a trabajar, a mantenerse en un oficio para llevar comida a su casa. Arriaba bestias desde Naiguatá hasta Macuto trasportando alimentos. Me mira fijamente a los ojos y dice con una voz un poco firme: “Yo conozco la vida rural del país, todo lo que haya que hacer yo lo sé”

“He pasado mucho trabajo en mi vida”, se remanga su chaqueta y coloca la mano izquierda encima de la mesa y me dice: “Toque aquí mijo-señalando el costado de la mano- aquí conservo una espina de una mata de cují”, desde el año 1936, cuando estaba cortando matas para hacer espacio para la construcción de la carretera de Carayaca, con un machete le dio a un árbol de cuji, se le enterró la espina y no se la pudieron sacar.

Junta sus manos un poco temblorosas y con la mirada perdida confiesa que ha tenido ocho accidentes en su vida. Se estremece en la silla mientras recuerda uno de ellos, el 5 de julio de 1959, cuando bajaba por la carretera de Carayaca y se volcó el automóvil donde viajaba. No lo pudieron atender en el hospital Periférico de Pariata y lo trasladaron a Caracas. “estaba tan grave que no veía ni oía, ¡yo estaba muerto!” Este señor de 95 años pudo sobrevivir a todos los accidentes y dijo con gran optimismo: “vida que Dios da no la quita nadie” y “todo mal tiene su cura” seguido por una fuerte sonrisa.

Señor Agustín, ¿cuénteme por qué usted casi no sale de Carayaca? ¿Tiene algo que ver los accidentes que ha tenido?  Se sorprende, baja la mirada, se mira las manos y responde: “ No, no salgo del pueblo porque creo que es un asunto de amor, he tenido oportunidades de irme a otros sitios como a San Juaquin ,pero yo no podía salir de aquí, de paso que ya estaba casado”.

La última vez que Agustín salió de Carayaca fue hace dos años, viajó junto a su hija a Caripe estado Monagas, para asistir a un matrimonio, pero con todos los sitios bonitos que tiene Venezuela se queda con su pueblo Carayaca.

Con todo el sentimiento que tiene por Carayaca, puede decir que conserva una gran tristeza y dolor por lo que ha visto que han  hecho con el pueblo.  “Para los años 30 fue el primer valuarte en producción agrícola del país y hoy siento que una familia ya de tercera generación ignoran lo que yo viví e hice por esto.” Dice mostrando un tono de paciencia y a la vez de indignación. Agustín ha impulsado obras que para Carayaca  son un progreso como: escuelas, teléfonos. Se acomoda en la silla, enrolla un periódico y dice: Fue como arar en el mar y construir en el espacio”.

Con la seriedad que puede demostrar un caballero, me dice: “Yo me casé a los 31 años y de 31 años para acá, está hecho lo que está hecho” se casó  el 27 de diciembre de 1947 con la señora Carmen, mujer que considera su primer y único amor. ¿Cómo usted conoció a la señora Carmen? La conocí toda mi vida- dijo con una gran sonrisa – ella vivía en una planta donde yo llevaba bestias, de repente el amor llegó a pesar de que yo tenía algunas noviecitas por allí” bajó la mirada.

El y la señora Carmen son padres de tres hijos: Agustín, Carmen Beatriz y Carmen Helena y expresa con orgullo que en el pueblo de Carayaca no hay un hogar tan sólido como el de ellos.

El trabajo que más lo marcó e inspiró, es el que hoy todavía ejerce: la panadería. Comenzó a trabajar en panaderías de pueblo desde los 13 años, cuando trabajaba para ganarse el pan y los dulces que sobraban y llevarlos a su casa. Hoy en día todavía se siente con ánimo a seguir preparando los panes y dulces, suele decirle a su hijo Agustín (quien trabaja con él en su panadería ubicada en el sótano de su casa) que tiene más ánimo que él. “Señala hacia abajo y dice: “Le debo a ésta panadería mi casa y el progreso económico de toda mi familia”.

Durante nuestra conversación, habló mucho sobre la historia del país. Agustín es un hombre, que a pesar de llevar una vida rural en un pueblo, es un hombre sumamente culto, quien demuestra que se mantiene informado. Mientras buscaba en la pila de periódicos, dijo que le gustaba leer El Universal y El Nacional, ya que son periódicos muy divulgativos, ilustrativos y no son periódicos conservadores. “Me gusta estar informado con varios periódicos para hacer un análisis”. Siempre mostró interés por la prensa e inculcó en su nieta hábitos de lecturas.

Levanta uno de sus pies, me muestra su zapato y lo suena, para que note que están forrados con cartón, al momento que me dice: “A mí no me gusta figurar porque me he formado de esa manera, creo que por gritar más no logramos nada, todos somos iguales. Tener el mejor traje es un negocio que tienen las empresa”.

En sus 95 años de vida, considera que lo mas especial e importante que tiene es ver a su familia toda encaminada hacia un mejor vivir y siente mucho orgullo porque toda su familia está a su alrededor, tres hijos y cuatro nietos. Señala a su hija quien está en la cocina y me dice: “todos ellos son mi sangre compartida con la de mi mujer, aquí nacieron todos, aquí se formaron. El que esta más lejos está más cerca porque yo la tengo siempre en la mente. Eso ha sido para mí una gran satisfacción, es un orgullo.

¿A quién agradece sus 95 años de vida? “A mi forma de ser, de vivir, de compartir, de saber pensar que la vida es el único elemento que existe para uno reconfortarse, no existe más nada y eso es lo que yo deseo tener y seguir viviendo”.

Agustín Peinate dice que su mayor sueño se cumplió, al haber realizado la vida por voluntad. “aventura que yo siempre he tenido en mi vida es el querer ser”. Asimismo con una gran emoción reflejada en su rostro agregó: “Cuando tú no tienes nada y empiezas a tener un esfuerzo, tu solo por intuición, dices yo no tengo zapatos pero voy a reunir. Tú te acostumbras hacer esfuerzos en la vida para tener algo”.


La bailarina y docente naiguatareña, Inés Longa, lleva la cultura en sus venas

Maru: Entre triunfos, bailes e ilusiones

Desde hace más de treinta años la directora de Danzas Naiguatá vive en una lucha constante por dividir el tiempo entre sus dos profesiones, la familia y el descanso. La artista popular ha dejado el nombre de su parroquia en alto en distintos estados del país

Por Eileen Rada

 En la mesa principal no hay floreros, ni fotos de familiares en las paredes. El espacio es ocupado por triunfos plasmados en trofeos. Treinta y dos placas relucientes, once estatuillas brillantes y unas cuantas medallas engalanan la estancia. Hace más de treinta años Inés María incursionó, por casualidad, en el oficio  que con el tiempo se convirtió en su primer amor: la danza.

Trabajo, trabajo y más trabajo. Así es la rutina diaria Inés María Longa, conocida popularmente como “Maru”, quien comparte su tiempo entre el baile, la docencia, los viajes y su familia. Es directora de las “Danzas Naiguatá”, profesora de educación física y Vicepresidenta de la Junta “Glorias a Vargas”, fundación que organiza cada año el desfile en honor a José María Vargas. Sin embargo, Longa no titubea al afirmar que la danza es el oficio que más disfruta.

En el pueblo de Naiguatá es casi imposible no haber oído su nombre, pero pocos conocen la historia que su seudónimo esconde. María Eugenia fue el nombre de la primera hija de sus padres, quien murió con tan solo diez meses de nacida. Neftalí Longa y Alejandrina Hernández –sus padres- quisieron darle el mismo nombre de su hermana fallecida, pero su  llegada al mundo, el 21 de enero de 1958, coincidió con el día de Santa Inés, por lo que decidieron nombrarla Inés María. “Mi mamá comenzó a llamarme Maru por el recuerdo de su primera hija”, cuenta.

Por las venas de Inés María corre la pasión por el baile, el deporte, la cultura y el amor por las tradiciones de su pueblo natal. La ilusión de Maru siempre fue dedicarse a la educación física y la danza apareció en el camino. Al transcurrir el tiempo, cuando contaba con  dieciocho años y un título de Bachiller Docente en mano, comenzó a interesarse por el baile. La inquietud siempre estuvo allí, pero fue gracias a Servilia y Antonia González  que Maru decidió formar su propia agrupación en 1981.

Su formación académica y artística se forjó en la Unidad Educativa “Nuestra Señora de Coromoto”, Liceo “Juan José Mendoza”, Instituto “Miguel Antonio Caro” y el Instituto Pedagógico de Caracas. Formó parte de los grupos de danzas “Teresa Carreño”, “Ditirambo” y ha participado junto a las danzas de Yolanda Moreno en distintos festivales.

Nelson Figueredo, Manuel Montañez, Alfonso Velázquez, Ibrahim Barrios, Yolanda Moreno y Mery Cortéz son sólo algunas de las personas que han formado parte  importante en la vida de Longa. “A Yolanda Moreno la conocí en el año 1985  en un bazar navideño en el Club Puerto Azul y hasta ahora mantengo comunicación con ella”.

El profesor Manuel Montañez, conocido bailarín de la parroquia, considera a Inés María Longa como parte de su familia. La define en una sola palabra como una persona “especial”. “Maru y yo tenemos veintisiete de años de amistad. Ella no es sólo mi amiga, es mi hermana y mi comadre. Es una persona excelente, trabajadora, humilde y siempre está dispuesta a escuchar”, asegura Montañez.

Su familia también fue un importante pilar en su vida personal y profesional. Desde siempre contó con el apoyo de sus padres y hermanos, aunque confiesa que mantuvo una relación de mucho respeto con su padre, quien murió hace treinta años. Neftalí Longa fue un destacado político de Naiguatá, uno de los fundadores de la Junta “Glorias a Vargas” y militante de algunos partidos de centro izquierda, como la Unión Republicana Democrática. “Él era un señor muy serio y muy estricto con nosotros”, comenta Inés María, con cierta aspereza, mientras se remonta al pasado.

De la relación con sus padres, Longa desea transferir los valores de respeto y responsabilidad a su hijo, Jorge Luis Ortega, quien hoy tiene 20 años y es estudiante de cuarto semestre de Comunicación Social en la Universidad Católica Santa Rosa.

Maru y la tradición de Naiguatá

Naiguatá es un pueblo muy alegre y lleno de tradiciones. Los ojos de Maru se iluminan con sólo oírlo nombrar y asegura que es el mejor pueblo del país. “Ser naiguatareño es disfrutar de la parroquia, vivir el momento, saberla llevar, sentirla y disfrutar de lo mejor que tenemos: su turismo, cultura e historia”, comenta, entusiasmada.

Son incontables los concursos, tanto regionales como nacionales, en los que Danzas Naiguatá ha representado a la parroquia. El más reciente fue el Festival Nacional Mango y Merey, que se realizó a mediados de 2011 en el estado Anzoátegui.  Maru y su agrupación se convirtieron en ganadoras de todas las estatuillas del género tradicional y ocuparon el segundo lugar en danza nacionalista, contemporánea, pop y urbana. Por otra parte, en el año 2008, ganaron cinco trofeos en el reglón tradicional en un festival realizado en El Vigía, estado Mérida.

Maru disfruta a plenitud de los encuentros y festivales. “Me gusta llevar lo nuestro, lo tradicional y lo autóctono de mi parroquia. Desde el tambor, la parranda o las fulías”, comenta, mientras su mirada pasea por las brillantes estatuillas que reposan en una repisa de su sala.

Además de la danza, Longa participa activamente en la organización anual del desfile en honor a José María Vargas y del día de la mujer en el pueblo de Naiguatá, organizado por la Junta “Glorias a Vargas”.

Visionaria de realidades

“Yo vivo mucho de ilusión y muero de desengaños”, dice Maru, en tono de chiste endulzado con melancolía, pero son más los logros que las desilusiones. En el año 2010, Danzas Naiguatá recibió a Dayana Mendoza y Estefanía Fernández, Miss Universo 2009 y 2010. “Cuando era muy joven y Bárbara Palacios fue reina, yo siempre pensaba que quería tener un triunfo así, pero no como reina. Yo me veía como recibiendo a alguien y lo logré”. También tuvieron la oportunidad de representar a Vargas en el marco de la celebración de los doscientos años de la Independencia de Venezuela. La conmemoración se realizó en Los Próceres en julio de 2011.

 

La otra cara de Inés María Longa

  • Placeres: Descansar, viajar y conversar con su hijo en su tiempo libre.
  • Defectos: no poder decir que no cuando le piden favores.
  • Si no fuera bailarina sería: entrenadora de Voleibol.
  • Bailarines que admira: Marbelis Flores, Rosangel Castro, Lissette León, Astrid Aguilera, Ingrid Colina, Yolanda Moreno, Maryorie Flores y Mery Cortez.
  • Sus mayores logros: participar en los juegos deportivos del estado Cojedes como representante del estado Vargas y recibir a las reinas en el aeropuerto junto a su grupo de danza.
  • Metas a futuro: conseguir un transporte propio para su agrupación y salir al extranjero con Danzas Naiguatá.

“Nunca pensé en ponerme a estudiar”

ENTREVISTA| Juan Alberto Muñiz, artesano de origen argentino

Juan Alberto Muñiz

 

A los 8 años se fue de su casa en La Patagonia, desde su adolescencia inició un recorrido por Latinoamérica y hace dos meses llegó a Venezuela. Se creó un patrón de vida distinto, jamás pensó en en ser doctor ni ingeniero, sabía que su destino estaba recorriendo el mundo mostrando su arte y viviendo día a día.

 

        La calzada empedrada del boulevard de Sabana Grande abre espacio a la Calle San Antonio, mejor conocida como “el callejón de las puñaladas”. Las paredes revestidas de dibujos coloridos enmarcan el tipo de vida que “habita” en ese lugar, donde la artesanía no tiene fronteras y la venta de droga no tiene distinción de clases. A cada lado se aglutinan, con sus respectivos muestrarios, figuras de diversa procedencia unidas por el mismo estilo bohemio. Uno de ellos es un argentino llamado Juan Alberto Muñiz.

            Un pan canilla es rellenado por sus manos morenas, tres lonjas de mortadela son introducidas groseramente a la pieza de pan. El producto final es cortado a la mitad y unos dientes amarillentos arrancan el primer bocado. Una pelota de masa se une con la saliva mientras el joven conversa amenamente con su vecino. Dos personas entran al callejón y Juan, con un nuevo bocado de pan a medio digerir y un marcado acento argentino,  intenta llamarles la atención sin éxito.

            Accedió a responder unas preguntas a cambio de una colaboración: la compra de unos zarcillos, 30 bolívares fue el costo. “Siempre supe que me iría de mi casa”, afirma como si nada el joven argentino. Le pasa un pedazo de pan a Yunco, su compañera de vieja y un paquete con polvo blanco es intercambiado por dinero detrás de ellos. Una brisa trae consigo un olor a rancio, a viejo. De su infancia en La Patagonia recuerda nostálgicamente el pescar y los juegos con sus hermanos, su familia es numerosa y en su niñez la situación económica en casa no era favorable. “Somos 12 hermanos nosotros, una familia grande. No alcanzaban los abrazos, los besos y demás. Me fui a los 8 años a vagar por mi pueblo”. A los 12 años regresó a su casa y dos años después aprendió artesanía de una amiga de su padre. En argentina dice que dejó a las personas que lo aman, sus hermanos principalmente y luego a sus padres, “no porque ahora sea más grande los dejo de querer”, enfatiza. El cariño que le faltó en su hogar, que lo impulsó a abandonarlo, lo encontró en el mismo lugar algún tiempo después.

Con miradas nerviosas evade preguntas de su infancia, ríe y se pone a hablar con alguien más. Su mirada se mantuvo fijada al suelo por largo rato en silencio. Con sus manos acomoda la gorra que le cubre un cabello enmarañado, a lo lejos alguien grita “viene el agua”. Una mujer de mediana edad le compra un par de pulseras y Juan le besa la mano. Agradece la compra y asoma una sonrisa llena de picardía. “¿No andás buscando un novio argentino?”.

            Consigo trajo sus malabares y artesanía. Cuando llegó a Venezuela se encontró dinero en una plaza de Maracaibo: “El primer día me fue rebien, me encontré 70 bolos en una plaza, el lugar me estaba recibiendo o eso calculo yo por la lectura que hago”, comenta alegremente como una anécdota de bienvenida al país. Otra anécdota es un viaje de Maracaibo a Mérida que hizo con un chileno residenciado en Venezuela desde hace 20 años. A sus cortos 24 años ha visitado Paraguay, Brasil, Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia y Venezuela.

            Después de haber visitado una gran parte de Suramérica, Juan considera que ayuda al crecimiento personal: “No se si hay uno mejor, cada país tiene su historia, su cultura, su atractivo ¿me entendés?; me gustan todos los países por su forma de ser, porque aprendés a vivir de una forma que en tu país no se vive normalmente”.

            “Venezuela esta como más estable, no se siente tanto la pobreza sino que la gente puede tener la libertad de que le guste una artesanía que vos hacés y comprarselá. En Colombia la gente anda con su dinero muy justo, no es como aquí que alguien te puede ver y dice ‘puta, hoy tengo ganas de hacer una obra de caridá’, el no va a usar la pulsera que te va a comprar pero te va a dejar su plata ¿me entendés?”, explicó sobre la diferencias que se ha conseguido a lo largo de su viaje.

            Dentro de sus patrones de vida las aspiraciones y metas no son dirigidas hacia un futuro lejano, sino que van enfocadas al día a día, en sí pudo vender algún artículo de su producción para adquirir alimentos o conseguir un lugar en donde pasar la noche. Por la cabeza de Juan nunca estuvo presente la idea de formarse como profesional en alguna área académica. “Yo sabia de pequeño dos cosas, que me iba a ir desde pequeño y que me iba a poner a viajar. Nunca pensé en ponerme a estudiar, solo en oficios que te ayuden a salir de la marcha. Que puedas tocar la puerta y decir: ¿señora será que vos necesitás que le haga algo? Y que colaboren con un plato de comida o plata para continuar mi viaje”, confesó mientras recogía sus lonas con artesanía.

            Juan, a quién conocen como “el argentino en el callejón, mantiene que la artesanía significa libertad; esta separada de los sistemas económicos e ideológicos porque se vive con lo poco que se puede vender. Reflexiona sobre la espiritualidad diciendo que el tener mucho dinero te roba un poco del alma, cuando se pasa trabajo aprecias más las cosas y vives en paz con el Dios en el que creas.

            Como tiene una filosofía de vida minimalista, considera que por ser artesano se le facilita viajar constantemente sin necesidad de tener una cuenta bancaria: “Si tenés mucho puede ser que se te haga bien, pero hay gente que vive como yo vivo con esto, como todos los días y si tengo que pagar un lugar por ahí, lo pago”. Asimismo, Juan agrega que no todos los días son buenos y no todos los días le traen lo suficiente para comer por eso a veces viaja en el metro para vender o hace trueques con negocios a cambio de alimento.

            En argentina visitó muchos templos de varias religiones. Para él, tener algo en que creer le da la fuerza para continuar cuando siente que ya no puede; la tolerancia y respeto son sus banderas en cada país que visita porque es una oportunidad nueva para aprender y conocer otros dioses. Juan comulga con su Dios a través de placeres como un porro de marihuana. “Cuando fumás marihuana sentís que volás altísimo, estás más cerca del cielo y te sentís al lado de tu Dios”, revela mientras prepara la pipa.

            A eso de las 5:00pm, Juan y Yunco recogen su arte y el poco pan que les quedó. Para tomarle una foto, el precio fue la compra de otros zarcillos. Juan se monta su mochila al hombro y dice que con ese dinero no dormirá hoy en la calle. Sale brincando y corriendo por el callejón mientras grita: “hasta mañana putas”.

Andrea Ramírez

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Educar: el mayor de los tesoros

Gloria Amaya, docente de educación media, diversificada y universitaria,             comparte su vida entre su familia, el control del cáncer de seno que padece                hace cinco años y la labor que considera su fuente de luz: la enseñanza.

Al cielorraso del salón de clases le falta una de las planchas de relleno, y el orificio que queda en su lugar deja ver parte del cableado improvisado. Los alumnos de séptimo grado están sentados en sus puestos, mientras afuera llueve con fuerza. Adentro, la Profesora Gloria Amaya da inicio a la clase de Educación Artística.

El salón de séptimo grado se mantiene en silencio durante la media hora de clases. La presencia, de contextura gruesa, un poco más de un metro setenta y la voz fuerte, se hacen sentir: los jóvenes obedecen con respeto, y en algunos casos con algo de miedo. Para la profesora, el respeto es fundamental, y parte de su experiencia de vida. “Realmente es la formación que yo recibí, y parte también de mi personalidad”.

Aún así, hay otra cara en la vida de Amaya, que sus alumnos y compañeros de trabajo conocen, pero no comentan demasiado: la profesora es una de las 3380 mujeres que fueron diagnosticadas con cáncer de seno en el año 2006.

Dice que se enteró casi por accidente, pues la enfermera le entregó los exámenes con el diagnóstico antes de hablar con su médico. “Es fuerte recibir una noticia de esa manera, pero cuando se ha crecido espiritualmente, cuando se tiene un gran crecimiento emocional, y un gran crecimiento intelectual se superan todos los obstáculos que la vida te pueda dar.”

Tiene casi 60 años, pero no ha tenido hijos. Pudo detectar las células cancerosas a tiempo para tratarlas, pero lo mismo no ocurrió con las 1425 mujeres que en 2005 fallecieron, pues no supieron a tiempo que factores como la edad, la falta de embarazos, el uso prolongado de hormonas o historiales familiares de cáncer, son sólo algunos de los factores de riesgo para contraer cáncer de seno.

Educar

La rutina de Amaya no parece muy afectada por su enfermedad. Todos los días sale a las cinco de la mañana de Catia La Mar, para llegar a las siete a la UNEFA, en Chuao, o al Instituto Pedagógico Monseñor Rafael Arias, dependiendo del día de la semana. A mediodía vuelve al estado Vargas, donde da clases en el Colegio Virgen del Valle. Al salir, asiste a la Aldea de la Misión Sucre, o a la Universidad Marítima del Caribe, donde también enseña, y sale cerca de las 8 de la noche. “Como verás, es todo un entretenimiento”, afirma con una sonrisa.

Al inicio de la clase, pregunta: “¿Cuál es el menú de hoy?”, a una de sus alumnas, refiriéndose a la pauta de evaluaciones. La muchacha niega con la cabeza, intimidada. ¿Ninguno?, pregunta Amaya, antes de agregar que “el chismoso” —como apoda a su libreta de control de notas— no le dice lo mismo.

Alumno por alumno, los nombra, a fin de que entreguen las evaluaciones atrasadas. Nombra a Krisbel, una niña de entre 12 y 13 años, que con la mirada baja niega con la cabeza, en señal de que no entregará la asignación. “¿Sabe que perdió la nota, verdad? Porque el viernes me dijo que no la hizo.” La muchacha asiente sin decir una palabra. La profesora anota la falta en “el chismoso”.

De las frustraciones de la educación, dice que no ha tenido ninguna. “Momentos de desaliento, de tristeza, de rabia, sí, algunas veces, pero por cosas que pasan, que yo las tomo como experiencias de vida. Decir que hay una insatisfacción o una frustración, no la hay, en ningún momento ha existido.”

A su vez, afirma que su trabajo está lleno de satisfacciones: “saber que estoy construyendo poco a poco, en cada uno de ellos, esa gran montaña que se llama revolución, o mejor dicho: Venezuela en evolución con una revolución. Me da una gran alegría el hecho de saber de mis exalumnos  que están graduados, otros ya tienen su profesión, otros que están en vías.”

Para Gloria Amaya, sus alumnos “son como esa piedra, esa materia que llega virgen,  bruta al escultor, y que él va haciendo de ella  su obra de arte.”

Familia y Apoyo

Por otro lado, los fines de semana, los dedica a su familia. “Con mi esposo, mi hija (que es la hija de él), mi nieta (la niña de ella), o a veces cuando tengo que realizar actividades de la universidad o del Colegio Virgen del Valle las hago”, aunque advierte que evita mezclar su vida profesional con la personal, para mantener el equilibrio.

Su familia ha sido su principal apoyo durante los casi seis años que ha vivido con el cáncer de mama, una enfermedad que, en Venezuela, es la segunda causa de muerte en mujeres, sólo después de las enfermedades cardíacas. Para Amaya, no hay muchos cambios: “Sigo siendo la misma. Hace poco me dijeron: usted es un roble. Y esa es la idea, pero para bien.”

A mitad de la clase, entra una de las empleadas del plantel, preguntando por los alumnos que viven en el sector Marapa Piache. Sólo una niña levanta la mano, dice que vive en un sector cercano a ese. La lluvia desbordó el río, y el área donde vive la niña ha quedado incomunicada. La profesora le da permiso para retirarse con humor: “baja y busca la manera de que te vengan a rescatar. Sea en helicóptero, barco, chalana, lanchita…”

Sobre su país, habla con mucho orgullo: “Veo a Venezuela como un país que está evolucionando, le falta mucho, sí, y de nosotros y ustedes (los jóvenes) va a depender que dejemos de ser un país subdesarrollado para pasar a ser un país totalmente desarrollado.”

A la interrogante de qué le hace falta a Venezuela para lograr el desarrollo, responde que el venezolano necesita identificarse con su país, y para ello encuentra necesario ahondar en el patriotismo. La profesora Amaya comparte los ideales del gobierno actual, y expresa su fe en un nuevo proyecto de país, especialmente en la educación: “ya no queremos a un alumno repetitivo, al alumno que se le marcaban las conductas, se le marcaba qué tenía que hacer, sino que es el ser humano, el alumno que queremos que sea pensante, reflexivo, crítico, pero para construir.”

La familia, la educación y la fe son tres fundamentos, que la han ayudado a seguir adelante en los momentos más duros. “yo le di gracias a Dios porque me dio una nueva oportunidad de vida. Yo dije que ese día (el del diagnóstico) volví a nacer. De hecho, han transcurrido ya varios años, y la he ido superando, me he sometido a ciertos tratamientos, estoy en control. Yo no puedo de asistir. Pero cada día que amanece para mí es un día, es un nuevo nacer, es un agradecerle a Dios. El hecho de saberme paciente de cáncer me da más ímpetus, me da más fuerzas para seguir adelante, para seguir creyendo en la vida, y para seguir con los deseos de seguir dando clases y seguir con mi profesión, porque la educación para mí es el mayor de los tesoros, y eso me alimenta, me da salud, me da luz.”

A pesar de todo, su amor es la danza

Jhoraisi Peña

DE CERCA│ Ramari Barceló nos cuenta los sacrificios que implica ser una bailarina de ballet clásico

Sin remordimiento, comenta, que iba poco a la playa, que salía poco con sus amigos, pero que hoy en día recoge los frutos de aquel esfuerzo pues es la encargada de enseñarle a niñas de corta edad el secreto de la elegancia en el ballet

Caracas.- La danza en Venezuela se practicado desde siempre en los más diversos escenarios: desde nuestras comunidades indígenas hasta las urbes más desarrolladas que mantienen, aun en el siglo XXI, un fuerte arraigo por su historia cultural y musical. Sin embargo, el ballet, estuvo representado por muchos años sólo por compañías de danza extranjeras que venían de gira a nuestro país. Fue hasta 1945 cuando Hery y Luz Thomson (ambos argentinos) propusieron al Liceo Andrés una Cátedra de Ballet. Esta primera iniciativa tuvo unos cuantos tropiezos, pero la danza como instinto natural del ser humano, prevaleció. El proyecto continuó, esta vez de la mano de David Gray. Sin saberlo, estos tres bailarines formaron a grandes artistas que más tarde se convertirían en pioneros del ballet clásico nacional a nivel profesional. Incluso, muchos de ellos lograron becas en las más reconocidas escuelas de danza del país como Vicente Nebreda e Irma Contreras.

            De este modo comenzó la danza a consolidarse en nuestro país. Cientos de artistas (unos reconocidos por nuestra historia, otros no tanto) han dejado su alma en cada elevación, en cada punta. Su formación es de las más complicadas del planeta, aun cuando sean los más destacados en la disciplina no reciben nunca un cumplido de parte de sus docentes. Sólo los aplausos de un público conmocionado es el premio que reciben tras años de preparación. Muchos desertan, otras continúan por considerar ésta una manera de vida. Los más osados se van del país con una maleta de sueños para regresar con la satisfacción de haber dejado el nombre de Venezuela en lo más alto.

Ramari Barceló      

Una de esas artistas anónimas es Ramari Barceló o Rami como le dicen los amigos más cercanos. Con más de 1.75 de estatura, ojos almendrados, y una tez blanca infinita recuerda que llegó a la danza por recomendación de un doctor y terminó graduándose como bailarina profesional después de estudiar durante diez años en el Teatro Teresa Carreño. El musical “Le Corsaire, Pas de deux” prestó su compás para su graduación de en la Sala Ana Julia Rojas de la Universidad Experimental de las Artes (UNEARTE). Sin duda, un momento que jamás olvidará.

“La niña de la casa”, como le dicen en la intimidad del hogar, ya cumplió 17 años en la danza y tan sólo 21 en la vida. Su hogar está decorado con cientos de detalles navideños en las puertas, muebles, mesas y cortinas que sirven de antesala a un árbol de navidad que giraba para dejar ver su hermosura. Todo esto como muestra de una familia tradicional. En esta época, cuenta, que es costumbre se reúnan para hacer la comida típica: hallacas, pan de jamón, dulces, entre otras delicias.

            Tras 17 años de experiencia en la danza, comentó, que su mejor momento como bailarina, ha sido su primera presentación con zapatillas de punta. Mientras que, el peor, afirma, se enfrenta todos los días “porque hay mil detalles que atender: la dieta, el vestuario, la coreografía. Todo tiene que estar perfecto”.

¿Sacrificios? ¡Muchos! Confesó que como bailarina queda prohibido ir a bailar de noche, pues en la mañana siguiente no puede presentarse agotada a los exigentes ensayos; tampoco puede ir a la playa o a la piscina con libertad porque no puede broncearse si tiene alguna función.

A pesar de todo, su amor es la danza. Tras tantos años de ensayos confiesa no aburrirse pues, la emoción de aprender algo nuevo todos los días es más fuerte que la rutina. Asegura que a la danza “ya le agarre amor”.

“Escogí la danza por su complejidad, muchos son bailarines en el género urbano, pero en danza clásica hay muy pocos”, afirma con orgullo. Cuando se le preguntó por su bailarina favorita, se quedó en blanco. Minutos después, en medio de carcajadas recordó el nombre: Francesca Dugarte. Esta bailarina caraqueña ha dejado en éxtasis a cientos de espectadores en los mejores Teatros de Milán. Es  por esto que la admira.

Dedica sus mejores coreografías a su madre y a su hermana que han estado con ella en cada paso en puntas.

Una maleta de sueños

En torno a su próxima partida del país, comentó, “no quiero llegar a vieja y decir… Pude haber probado suerte en otro país. Quiero tocar todas las puertas. No tengo nada que perder”. Planea irse a Inglaterra el año entrante de la mano de la danza. Ella será su mejor aliada y compañera para conquistar el sueño de casi toda una familia: Verla danzar.

Lleva una maleta de sueños en donde también hay lugar para la disciplina, la elegancia, la seguridad, la fuerza, y la actitud. Todas estas armas que una bailarina necesita ante cada función. No olvidemos, la sonrisa, presente en cada paso, sin importar cuán casada esté, cuán feliz este.

Aunque estudia Comunicación Social, su mayor distracción son sus niñas, las alumnas de danza en la Escuela de Baile Tatiana Reyna. Sobre ellas comenta que son un amor y una pesadilla porque “cuando una llora, todas lloran; y cuando una grita, todas gritan”. Sin embargo, asegura que ha sido una de las mejores experiencias de su vida.

Sin las zapatillas

Ramari, se presenta como una chica muy familiar. Para ella resulta muy importante compartir con su madre, su hermana y sus amigos. Son momentos para reír, bailar, como “cualquier chica normal”. Cuando pregunté por su padre, respondió: “Marisol Caraballo es mi mamá y mi papá”.

Un recuerdo inolvidable en la infancia de Ramari fue en la navidad junto a todos sus hermanos. Confiesa que casi nunca comparte con ellos y ese momento es, para ella, único en su vida.

Sin pena habla de sus relaciones amorosas, de las caídas, de las alegrías. Cuenta que tras una larga relación se ha mantenido soltera pues “a veces es mejor estar solita”. Cuando se le pregunta sobre si espera pronto una relación de pareja dice que no tiene ningún apuro.

Como muchas bailarina, contó que no le gustan sus pies, pues después de tanto ensayar toman una forma redondeada. Sin embargo, ese no es motivo para dejar de usan sandalias para salir. Si le gustan algunas, las luce.

            Preguntas cortas, respuestas cortas

¿Un color? Rosado

¿Un país? Inglaterra

¿Un olor? El perfume de un hombre

¿Un sueño? Tener un carro (risas)… ¡Ah! Y graduarme

¿Un amor platónico? Oscarcito

¿Una canción? Rayando el sol de Maná

¿Qué te hace llorar? Algún familiar o amigo que sufra

¿Qué te hace reir? Jorge Cortez, me hace reír desde el “Hola” hasta “Chao”

Entrevista de personalidad anónima

Gloria Restrepo lleva siete años residenciada en Venezuela
Entre el Pabellón Criollo y la Bandeja Paisa
La colombiana administra un pequeño restaurante llamado Bohío Antioqueño, ubicado en la Candelaria, así como también, un local para el envío y recepción de paquetes entre Medellín y Caracas

 

Milangela Balza

¿Sabe dónde queda Bohío Antioqueño? Se queda pensado. Es un lugar atendido por colombianos. “Ah, ¡claro!, es éste de la derecha, pero ahorita está cerrado”. Turbación. “¿A quién buscaba?” A Gloria Restrepo. “Ah, bueno, a ella la puede encontrar en el local de al lado”. Tranquilidad.
El pueblito Paisa, el Tren Metropolitano, la Plaza Botero, el Museo de Antioquia, son algunos de los lugares plasmados en aquellas fotografías a la entrada del lugar. “Me espera un momentito, ¿sí?”, dice mientras termina de atender a una pareja. “¿Y en cuánto tiempo llegará el paquete?, pregunta el señor que allí se encontraba. “En dos semanas máximo”, asegura Gloria. Como carretera de Choroní, hacerse a un lado era la única opción para permitir la salida de los sujetos.
Fuera de las fronteras venezolanas —sin embargo, no tan lejos— en el Valle de Aburrá, se encuentra Medellín, que, según Gloria Restrepo, no se parece al Valle de Caracas: “Acá hay demasiada contaminación; allá la ciudad es más limpia”. En aquella “capital de la montaña”, transcurrió la niñez y adolescencia de Gloria, junto a sus cuatro hermanos.
No había terminado de cumplir su rol de hija, cuando se convirtió en madre a los 15 años de edad. “Mi adolescencia fue un tanto traumática por eso”, pero asegura que Johana, su hija, ha sido la persona más importante e influyente de su vida.

¡A pasar la frontera!
Desde temprana edad comenzó a administrar el negocio de su papá: encomiendas desde Medellín a Caracas, y viceversa. Hace siete años, su papá le ofreció trabajar en la sede venezolana, proposición que aceptó sin pensarla dos veces por el desempleo que existe en Colombia. A pesar de que la capital del departamento de Antioquia es destacada como uno de los principales centros financieros, industriales, comerciales y de servicios, Gloria afirma que lo que más le gusta de Venezuela es que puede trabajar, y una sonrisa se asoma en su rostro. Desde entonces, su zona de acción ha sido esa: La Candelaria.
Sin embargo, no ha cortado por completo el cordón umbilical que la ata a su ciudad natal: cada tres meses viaja para Medellín; en Venezuela, tiene a dos hermanos y un sobrino; por un lado, las fotografías en el local, y por otro, un sombrero y un ponche en su casa, la trasladan permanentemente a su terruño; conserva la melodía y el “acá” característico del hablar colombiano; además, administra el Bohío Antioqueño, donde las famosas y tradicionales papas rellenas, así como también, los buñuelos de yuca, hacen que se sienta como en casa. El hecho de que el negocio lleve el nombre del departamento al que pertenece Medellín también ayuda bastante.
La idea de crear el negocio surgió al ver que en Venezuela hay muchos “compatriotas” residenciados, entonces, para ofrecer un rinconcito de su tierra, con algunas características típicas del lugar. De hecho, Gloria Restrepo es una de los 230 colombianos que ingresan diariamente al país y, gracias a los dos negocios que administra en La Candelaria, pertenece a los 3.140.000 venezolanos económicamente activos.

Entre gustos y colores…
El Bohío Antioqueño es un negocio de la familia. Tiene pensado abrir su propio local con la misma tendencia: comida típica colombiana. Lo más probable es que incluya la Bandeja Paisa, el plato preferido de su terruño, que incluye el fríjol cultivado en Antioquia, arroz, chicharrón, carne en polvo —carne de res molida hasta un grado en que prácticamente está pulverizada—, morcilla, huevo frito, tajada de plátano maduro, arepa, ensalada y aguacate. Confesó que el Pabellón Criollo no satisface su paladar.
Sin miedo a llegar alto, cuando era niña soñaba con ser aeromoza —“¿Cómo es que le dicen acá a las azafatas?”—; en un futuro quiere estudiar investigación judicial.
Sus sueños no se enmarcan solamente en el área profesional; al contrario, rompen el marco y atraviesan una ventana que la traslada a hermosos paisajes y lugares recónditos que le encantaría conocer. De su tierra, añora adentrarse en la Selva Amazónica. De su segunda casa —la del otro lado de la frontera—, le han hablado maravillas de sus costas, principalmente, quiere ver su reflejo en las aguas de Los Roques, así como también, caminar por el Paseo Colón después de un largo día de playa.
Hasta ahora sólo conoce Caracas. Una ciudad que siempre está en actividad y con permanente movilización de personas, representadas en los autómatas del Metro, en el estacionamiento de vehículos dentro de los 822,9 km², y en las noches caraqueñas que inician los jueves con lady´s nigth. Sin embargo, el mayor miedo de Gloria es la soledad.
Quizás su miedo aumentó una vez que muere su madre, hace tres años, momento que aún no ha logrado superar, dolor que aún conserva hasta estos días.

La colombo-venezolana
Gloria Restrepo nació el 23 de octubre de 1969. A sus 42 años, aún disfruta ir al cine y a la piscina con sus amigas. Como ella se refirió a su matrimonio, es “felizmente casada” y tiene tres hijos, a quienes ve en su trimestral visita hacia Medellín.
Las únicas razones por la que regresaría a su ciudad natal serían la posibilidad de tener casa propia y montar su propio negocio. A pesar de que por ahora vive alquilada en un apartamento en La Candelaria y administra los negocios de su familia, en Venezuela ve su porvenir. Sostiene que extrañaría Caracas si tuviera que cambiar de residencia.
Por ahora seguirá, como lo ha hecho estos siete años, entre la contaminación del valle de Caracas, y la limpieza del Valle Aburrá; entre el Metro subterráneo de la Capital, y el Tren Metropolitano superficial de Medellín; entre las arepas venezolanas, y los buñuelo de yuca y papas rellenas colombianas; entre un plato de Pabellón Criollo y una Bandeja Paisa.

La poeta de los sentidos

Entrevista – Petra Noguera lleva 47 años escribiendo con el alma

La poeta de los sentidos

La escritora dibuja el retrato de su vida a través de la poesía. Es conocida en Las Tunitas por su labor en la Casa Hogar Padre Luciano y por su más reciente iniciativa, la fundación de la Casa de las Letras Ángel Machado

Ibis León

Son las cuatro y media de la tarde de un día nublado. Sobre la mesa de madera, el vaso de vidrio contiene un líquido burbujeante, aún se mantiene espumoso. La poeta viste unos jeans clásicos, de un azul lavado, y una chemise morada con un logo imitación de Lacoste. Sus zapatillas son de un negro opaco. Petra Noguera se sienta en la silla principal de la mesa, sonríe.

¿Cómo descubrió su vocación para la escritura? Las cejas se arquean, los ojos se abren, las arrugas de su frente se hacen visibles. “Qué te digo, qué te puedo decir, mi papá acostumbraba a ponernos 100 planas como castigo por las reglas que incumplíamos en la casa. No debo mamarme el dedo, no debo portarme mal”. A este castigo, Petra  le atribuye el hábito de escribir. “Además, a mi papá le gustaba la poesía”.

La imaginación de un niño puede convertirse en la única diversión si se nace en una familia clase media baja y no se tiene televisor. “Uno se volvía observador de situaciones que pasaban en la bodega, anécdotas que de repente uno anotaba y se volvían poesía, mi papá también lo hacía”.

Nacida un cuatro de diciembre de 1956, bajo la dictadura del general Marcos Pérez Jiménez, Petra Noguera recibió el nombre de su abuela paterna a quien no pudo conocer. Sus padres, un cumanés llamado Cruz Manuel Noguera y una mirandina llamada Ana María González vivían en las Artigas, un barrio perteneciente a la parroquia San Juan de la capital venezolana.

De Caracas se vino a la Guaira. El señor Cruz decidió mudarse al litoral; su compadre, el portugués Manuel Sequeira, le ofreció trabajo en la línea de autobuses que administraba y le informó sobre la venta de una casita en las Tunitas, barrio ubicado en la parroquia Catia la Mar, Edo. Vargas. Petra, desde los ocho años, reside allí.

¿Siempre quiso ser poeta? “Yo siento que las alas las cortaron; pero menos mal que las cortaron. Yo estoy muy orgullosa de todos mis hermanos porque cada uno de ellos ha desarrollado una vena artística”. Los ocho hermanos: Petra, Aleida, Elizabeth, Carlos, Zaida, Zenaida, Cruz y Juancito estuvieron influenciados por el talento de su padre para la escritura y el de su madre para los trabajos manuales.

“Otras cosas que siempre quise hacer, y que no me has preguntado, es tocar un instrumento de cuerda y ser bailarina”. En sus ojos se dibuja la nostalgia del recuerdo. De sus días de niña, recuerda con especial cariño aquellos en los que solía bailar.

La novela rosa define su época de juventud. “Hubo un momento en el que no existía un libro de Corín que no hubiese leído”. Corín Tellado, la autora de los 4000 títulos, la escritora española más leída después de Miguel de Cervantes. “Luego un señor me dijo: ¡pero si las de vaqueros son buenísimas! Entonces las leí”.

“Yo soy de las que cree que los libros te buscan, tú no los buscas a ellos. El mismo libro te dice: ¡epa soy yo!”.

La Diosa Fortuna

Su definición del éxito es clara: “El éxito es hacer lo que a uno le gusta”. ¿Y la suerte? “La suerte te la buscas tú. Yo no creo en lotería”.

“Mi vida se ha marcado por las cosas que he deseado hacer. Por eso cuando me preguntan ¿dónde está la casa de las letras?, yo les digo, está aquí, en la calle, hasta que pueda conseguir un espacio, que va a llegar porque no hay cosa que me ponga aquí —con el índice señala su cabeza— que no se dé. Con el TATATA fue así y con la Casa Hogar también”.

La Casa Hogar Padre Luciano nació como una iniciativa familiar, en el año 1999, en medio del desastre natural que destruyó las costas del litoral. Desde un principio, contó con el respaldo del padre Luciano Costalunga, originario de Italia, quien deseaba crear un refugio para indigentes; pero los Noguera le plantearon un nuevo proyecto: “nosotros le dijimos que era mejor prevenir la indigencia atendiendo la primera etapa de cero a doce años”. La idea fue crear una casa para niños en situación de riesgo.

“Los primeros cuatro niños se quedaron en nuestras casas, incluso tuvimos una denuncia en fiscalía por irregularidades en la Casa Hogar. La irregularidad era que los niños llegaban y no tenían expediente”. Por esto, se les asignó la fiscal quinta del Ministerio Público de la circunscripción judicial del Edo. Vargas, Soraya Salas Martínez, especialista en Protección del Niño y del Adolescente. “Nos sentó y nos explicó la parte jurídica que casi nadie maneja”.

Años atrás, Petra había tenido la iniciativa de fundar un preescolar. Se llamaría TATATA, “porque son las primeras palabras que dice un niño”. Para ese momento, no contaba con el dinero, era la década de los 80 y la devaluación del bolívar era inminente. “Debido al viernes negro, tengo un amigo que no quería perder la plata que tenía guardada en el banco y quería invertirla en algo. Entonces invirtió su dinero en el TATATA”. La poeta de cabello castaño y nariz pronunciada sonríe.

La Casa de las Letras Ángel Machado es su último proyecto. A través de esta iniciativa busca crear grupos literarios dentro de las escuelas y liceos. “Yo siento que el joven despierta sus cinco sentidos a través de la música, de la poesía”.

Su idea de crear una casa en la que confluyan todas las artes responde a la necesidad que, según ella, tiene la juventud de encontrar su identidad.

Agridulce

El momento más difícil de su vida: El engaño. “No se lo deseo a nadie. Dolió muchísimo. Un 24 de diciembre me dice: me enamoré. Fue un momento de desgarramiento porque no me lo pensé nunca, jamás. Él para mí fue mi otra mitad”.

Sus ojos brillan más que nunca, su voz se entrecorta mientras habla. “Ahora que él está muerto yo entiendo que eso debía pasar, porque si eso no pasa y él se muere, yo me muero con él”.

¿Qué es el amor? “El amor es cerrar los ojos y caminar hacia adelante, si tu abres los ojos y te pones a estar detallando, no hay amor. Amor es cerrar los ojos y ver con todos los demás sentidos”.

Para la poeta de Las Tunitas, lo más importante es ponerle corazón a la palabra. “cuando los poemas se escriben con el alma salen trabajos maravillosos. A veces me sorprendo yo misma”.